Querida persona tóxica: Después de todo el daño que has hecho, he sentido ganas de que te pase algo malo. Después pienso… ¡Para qué! Si lo malo ya lo llevas por dentro.

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Todos tenemos diferentes personalidades y dentro de la gran variedad que podemos encontrar a nuestro paso, se destacan aquellas con un arte especial para despertar en nosotros algo que quisiéramos que permaneciese dormido.

Evidentemente este tipo de personas son de gran utilidad para nuestro autoconocimiento, debemos prestar especial atención a qué es lo que nos hace explotar, que nos llama poderosamente la atención, qué conducta nos parece inaceptable en el otro, porque son esos puntos los que debemos revisar en nosotros mismos.



Solo aquello que nos llega a ofender, es lo que efectivamente nos pertenece. Sin embargo, esta entrada no vamos a dirigirla a lo que debemos hacer a nivel de introspección o autoreconocimiento, aunque dejamos la sugerencia de hacer la correspondiente revisión.

Daremos algunas claves que nos ayudarán a mantener nuestra paz ante personas que tienen la capacidad de hacernos perder el centro y muchas veces el control. Porque si bien es cierto que es una posibilidad para aprender algo de nosotros mismos, también lo es el hecho de que no tenemos porqué estar expuestos a situaciones que nos lleven a los límites, si no nos sentimos cómodos.

El ignorar a cierto tipo de personas nos permite como quien dice bañarnos en teflón, esa película que se encarga de que lo que se cocine en esa superficie no se adhiera a ella, sino que por el contrario resbale.



No nos volveremos indolentes, sino inteligentes y filtraremos de manera eficiente ante cual estímulo reaccionar.

Para ello debemos recordar lo siguiente:

  • La llave de nuestra paz no debemos depositarla en el bolsillo de otra persona.
  • Nadie tiene derecho a depositar en nosotros sus desperdicios.
  • Podemos limitarnos a escuchar sin reaccionar.
  • Tenemos la potestad de retirarnos sin dar mayores explicaciones de cualquier sitio en el cual nos sintamos incómodos.
  • Somos libres de interrumpir cualquier diálogo que sintamos nos está conduciendo a una zona límite.
  • Muchas veces las personas provocadoras disfrutan sus creaciones, por lo que no es positivo hacerles saber los efectos que despiertan en nosotros, si es que no han sido ya evidentes.



 

  • Restarle importancia a las palabras y acciones, no aparentar, sino efectivamente hacerlo, puede resultar de utilidad.
  • Ser empáticos, cuando tratamos de colocarnos en el lugar de la otra persona, evitando los prejuicios, se nos puede hacer más sencillo el entender el origen de sus acciones y lo que nosotros consideramos provocaciones y con ello podría dejar de molestarnos.



Entender que todos estamos en algún punto de nuestra escalera de crecimiento, mientras más escalones llevemos ascendidos, menos personas serán capaces de provocarnos. Será la compasión y la empatía las que dirán presente en la mayoría de los casos. Por ahora, mientras vamos a nuestro propio ritmo, procuremos preservar nuestra paz, incluso si esto requiere que ignoremos algunas situaciones, personas o acciones en particular.

Por: Sara Espejo – Rincón del Tibet

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